“No es lo mismo vivir la necesidad de
cerca o que te la cuenten”
“ Cada día recibo sonrisas y abrazos
como muestra de agradecimiento por mi trabajo”
“Yo no creo en Dios pero si en gente
como Ángel Olaran”
Decidió viajar a Etiopía el verano
pasado junto con el padre hernaniarra Ángel Olaran, dejando a un
lado la posibilidad de aplicar sus estudios de arquitectura en una
actividad profesional vinculada a la construcción. Tenía intención
de permanecer en Wukro tres semanas y lleva un año entero residiendo
en esta aldea etíope. Recientemente ha participado en la
construcción de una presa y ahora supervisa a diario las obras de
una clínica dental y de un pequeño hotel rural. La experiencia que
vive Lierni demuestra que África engancha y deja huella.
- ¿En Etiopía para siempre?
Al tercer día de llegar ya tenía
claro que ése era mi lugar. No dije nada en mi casa hasta que no
tuve los billetes de vuelta cambiados, tres días antes de mi vuelo
de regreso a San Sebastián.
- ¿Fue difícil la decisión?
Lo peor fue superar el miedo a
enfrentarme al viaje y eso ya lo había conseguido. Una vez en Wukro,
y habiendo conocido todo aquello, fue muy fácil que decidiera
quedarme. Desde niña había querido vivir una experiencia así y
hasta el momento es la mejor opción que he tomado en mi vida. No
obstante, cada tres meses debo regresar necesariamente a España para
renovar el visado.
- ¿Qué tiene la misión de Wukro para convencer a una persona de que su futuro está allí?
Por un lado, la figura del padre Ángel
Olaran y su tarea constante de atención a los niños huérfanos que
viven en esa comunidad. Además, la posibilidad de colaborar en
varios proyectos cuya ejecución puede ayudar a mejorar mucho la
calidad de vida de los habitantes de Wukro. Esto es algo que me
permite sentir que el trabajo que hago es útil. También influye el
hecho de que pocos meses después de llegar a Etiopía conocí a mi
actual pareja Albert. Él es catalán y trabaja como supervisor en un
proyecto que Manos Unidas tiene en Adigrat, una ciudad cercana a
Wukro.
- ¿Vivir esta experiencia en pareja, ayuda o es un ingrediente imprescindible?
Es el complemento perfecto para una
aventura así, aunque amor, cariño y respeto es lo que a diario me
ofrecen los habitantes de Wukro. Todos los días recibo una valiosa
recompensa de sonrisas y abrazos como muestra de agradecimiento por
mi trabajo.
- ¿Qué impulsa a cambiar un proyecto de vida estable por una aventura en Etiopía?
El trabajo en una constructora es poco
gratificante. Ahora tengo 29 años y recién licenciada me pilló el
‘boom’ inmobiliario. Los primeros años tuve muchísimo trabajo
pero no me llenaba lo que hacía. Me partía la cara para conseguir
un beneficio económico y hacer rico a quien ya lo era. En todos
los trabajos existen días mejores y peores, pero ahora el resultado
me resulta siempre satisfactorio y el fin te reconforta.
- ¿Jefa de obra en Wukro o en Euskadi?
Es muy diferente, porque las técnicas
de construcción y el ritmo de trabajo son distintos, pero en cierto
modo te tienes que adaptar a su cultura y no ellos a la tuya. A veces
cuesta mucho hacerles entender que con otras técnicas de
construcción y otros materiales se pueden obtener mejores
resultados. Sin embargo, desde el primer día los obreros me
aceptaron muy bien y acataban casi siempre mis instrucciones, a pesar
de ser una mujer quien les dirigía. Etiopía en un país con una
terrible cultura machista y éste es un factor que condiciona mucho.
- ¿Siempre hay algo por hacer?
Hace un mes inauguramos la presa que
está permitiendo abastecer de agua al pueblo y a los campos de
regadío. El agua es oro líquido en Etiopía. Hay mucha escasez por
falta de lluvias durante largos periodos. Por otro lado, avanza la
obra de la clínica dental financiada por la fundación Etiopía-
Utopía. Este proyecto llamado ‘Sonrisas’ permitirá mejorar la
salud bucodental de todos los habitantes de la zona, previniendo
infecciones que en algunos casos pueden llegar a ser mortales. Otro
proyecto que tenemos en marcha es la construcción de un hotel rural.
El turismo en Etiopía está muy poco desarrollado y la zona del
Tigray tiene enorme atractivo porque cuenta con muchas iglesias
excavadas en roca que merece la pena visitar. Los ‘touroperadores’
nos transmiten que los turistas pasan de largo por este lugar debido
a la ausencia de una mínima infraestructura hotelera en la zona.
Estamos construyendo un sencillo hotel rural para acoger a turistas
porque estamos convencidos de que vendrán y su estancia mejorará la
economía de Wukro. Estará gestionado por los propios habitantes de
la ciudad y los beneficios se reinvertirán en la comunidad. El
último proyecto en el que me he involucrado se llama ‘Kañaberak’.
Consiste en plantar cañas de bambú en las orillas de los pequeños
ríos con el fin de detener la fuerza con la que baja el agua desde
las montañas en la época de lluvias para evitar de esta manera la
erosión del terreno. Todos los proyectos están supervisados por el
padre Ángel Olaran, porque después de veinte años trabajando en
Wukro él conoce mejor que nadie las necesidades de la comunidad.
- ¿Cómo es Ángel Olaran?
Es muy buena persona, sencillo,
tolerante, agradable, servicial y positivo. Todos los días aprendes
algo de él. Tiene un gran sentido del humor y te ríes mucho. Admiro
el modo que tiene de aplicar la religión sobre el terreno. No creo
en Dios pero sí en personas como Ángel Olaran. No soy católica,
soy ‘Angelista’. Me siento una privilegiada por haber tenido la
oportunidad de conocerle y convivir con él.
¿Una experiencia sí cambia la visión
sobre la vida?
Absolutamente, porque no es lo mismo
que te cuenten las necesidades o vivirlas de cerca. Y eso crea un
poso en cualquier persona difícil de olvidar. Transforma
radicalmente tu perspectiva de vida y tu escala de valores.
- ¿Hay vida después de Wukro?
Sí, aunque no tengo fecha de vuelta
definida. Mi objetivo prioritario ahora es no desvincularme de los
proyectos en los que estoy participando. Llevaba años buscando esto
y, ahora que lo he encontrado, no voy a dejarlo a un lado.